“También sé que el servicio pastoral, hoy en día, es más agotador que antes. Os exhorto a no cargar con las fatigas solos.

Y os digo con claridad que el arte de la verificación pastoral no os pide que hagáis más: os da, más bien, permiso para hacer menos y mejor.

Si la verificación pastoral se convirtiera en una carga más sobre vuestros hombros, habríamos traicionado su sentido.

Me gustaría, pues, ofreceros algunas reflexiones sobre el perfil de los presbíteros que Roma necesita.

El sacerdote debería ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir.

Una persona que permanece ante el Señor, porque no puede guiar a otros hacia un encuentro que él mismo no está viviendo.

La pregunta del «¿por qué?» es, ante todo, una pregunta personal: ¿por qué soy sacerdote? ¿Sigue mi día a día correspondiendo al motivo por el que el Señor me llamó por mi nombre?

El sacerdote no concentra en sí mismo toda la responsabilidad. Reconoce los carismas, forma las conciencias, hace posible la corresponsabilidad de los laicos:  no por falta de fuerzas, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia.

Una comunidad en la que todo depende del párroco es una comunidad frágil, y presidir no significa hacerlo todo.

Significa generar comunión, valorizar las energías de los demás, conectar a personas y realidades, custodiar la unidad.

El sacerdote, en definitiva, se integra y desea pertenecer a una comunidad capaz de interpretar su propio barrio, de compartir sus heridas y sus esperanzas, responsable de la vida de todos, incluso de quienes no cruzan el umbral De la Iglesia.

Esta es la forma que adopta la caridad en la presidencia pastoral,  y es lo que impide que una parroquia se repliegue en la autoconservación.

Nadie está llamado a vivir todo esto en solitario.

El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se reúnen por necesidades organizativas: es una fraternidad, y es el primer lugar donde comprobar si lo que hacemos genera verdaderamente comunión.

Deseo que las Prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, lugares efectivos de fraternidad sacerdotal, donde también se pueda hablar del propio cansancio sin avergonzarse de ello.

Junto a vosotros, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que esta existe para servir; y los religiosos y religiosas, con la gratuidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que la primacía corresponde a Dios”.

Santo Padre León XIV, en la Basílica Papal de San Juan de Letrán la Asamblea de la Diócesis de Roma. 18 Septiembre 2026