Un año más volvemos a escuchar, en esta Misa Crismal, la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Volvemos a ese comienzo que no es pasado, sino origen permanente de nuestro ministerio. No regresamos a un recuerdo, sino a la fuente: allí donde todo empieza y donde todo se renueva.
San Lucas nos sitúa en un momento culminante de la vida de Jesús. Él abre el rollo y proclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Y después afirma: “Hoy se cumple esta Escritura”.
Muchos habían leído antes ese texto, pero en Jesús alcanza su plenitud. Él no lee un texto cualquiera: en Él la Escritura se hace viva.
Jesús es el Ungido, quien da sentido a la Palabra y en quien se cumple la esperanza de Israel. Y desde Él se extiende hasta nosotros, en la Iglesia, por la acción del Espíritu hasta hoy.
Y ese “hoy” llega también a nosotros. Es el hoy de nuestra ordenación. El hoy de esta Misa Crismal que nos reúne como presbiterio. El hoy en el que volvemos a reconocernos ungidos, no en solitario, sino en fraternidad.
Hoy se cumple esta Escritura en nosotros porque hemos sido revestidos de Cristo pobre y frágil. Nuestra debilidad ha sido habitada por la fuerza del Espíritu. Y esa unción no es para nosotros: es para los pobres, para los heridos, para los que esperan —a veces sin saberlo— una palabra de vida. Ahí nace la verdadera alegría del ministerio.
El “hoy” de Jesús es un hoy de liberación. Quien se acerca a un sacerdote puede experimentar —aunque sea en fragilidad— que Dios le espera, le ama y le perdona. En Cristo, el Ungido, somos llamados a ser signos visibles de la misericordia del Padre.
Esa liberación es integral, no es solo espiritual. Cuando a Jesús le preguntan si es el Mesías, el Ungido, responde señalando su vida: los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la Buena Noticia. A nosotros también nos preguntan. Al escuchar a Jesús sabemos que nuestra respuesta no será solo con palabras, sino con una vida que transparente compasión, cercanía y misericordia ante todo sufrimiento. Entonces dejaremos transparentar que Jesús es compasión y misericordia para todos.
1. Misericordiosos con los hermanos, fieles al Padre
Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, se revela en dos direcciones inseparables: misericordioso con sus hermanos y fiel al Padre (cf. Heb 2,16-18). Dos actitudes que configuran nuestra vida sacerdotal ungida y enviada.
Jesús no solo hace misericordia: Él es misericordia en acto. Y, al mismo tiempo, permanece fiel incluso cuando llega el rechazo. La misericordia no garantiza el éxito ni los aplausos, pero nos configura con Cristo.
No estamos llamados a ser sacerdotes eficaces, sino misericordiosos y fieles, “conformando nuestra vida con la cruz del Señor”. Se trata de poner nuestras manos para servir, nuestros ojos para ver el sufrimiento, nuestro corazón para dejarnos conmover antes que para vivir para nosotros mismos.
Presentamos, por eso, nuestras debilidades para que nuestro pueblo pueda decir de nosotros como se dijo de Jesús: que “habiendo sido probado en el sufrimiento, pueda ayudar a los que se ven probados”. (Heb 2,18)
Porque no somos salvadores impecables, sino bautizados alcanzados por la gracia. Precisamente por eso podemos comprender, acompañar y señalar al Salvador. Nuestra debilidad se convierte en escuela de compasión.
La misericordia de Jesús, cuyo programa expone en la sinagoga de Nazaret, abraza toda la vida: sana, alivia, perdona. Y eso es lo que la gente busca: no un profesional de lo sagrado; no un funcionario religioso. Busca —a veces sin saberlo— a Cristo. Y en nosotros buscan a un discípulo de este médico: a quien escuche sin prisas, mire sin juzgar y acompañe en la esperanza en medio de una comunidad fraterna. Sin olvidar que nosotros también necesitamos misericordia. Esa experiencia nos hace más cercanos, más humanos y más verdaderos.
2. Somos presbíteros ungidos en un mismo presbiterio
Queridos hermanos sacerdotes, para esto fuimos ungidos.
Hoy recordamos aquel momento que marcó nuestras vidas y renovamos nuestra disponibilidad para servir juntos al pueblo que se nos ha confiado.
El Papa León lo sugería así: “la fraternidad sacerdotal, antes que ser una tarea que realizar, es un don inherente a la gracia de la ordenación, un don que nos precede, un don de la gracia que nos hace partícipes del ministerio del obispo y se realiza en la comunión con él y con los hermanos”. Y concluye: “Ningún pastor existe por sí solo”. (cf. Una fidelidad que genera futuro, 14,15)
Hace poco lo revivimos con gozo en Convivium y hoy lo revitalizamos al recordarlo en el corazón. Hacemos memoria que no estamos solos; que no somos francotiradores espirituales, ni gestores aislados de parcelas pastorales; ni solistas, sino parte de una orquesta en la sintonía de la comunión del Espíritu para ser enviados a la única misión de Cristo.
No olvidemos que la tentación del individualismo es sutil y nos acecha, se disfraza de eficacia, se reviste de autonomía y se justifica de sobrecarga y falta de tiempo, pero termina cansando el alma.
El Convivium nos animó a sostenernos en la única misión y pasar del “mi parroquia” al “nuestra diócesis”, del “mi proyecto” a “nuestra misión”.
Recordamos que hablamos de la necesidad de dejarnos ayudar, cultivar amistades sacerdotales y crear espacios reales de fraternidad.
Así, expresamos que somos ungidos juntos para ungir juntos al pueblo que se nos ha confiado.
3. Ungir el mundo con misericordia compartida
El Crisma que hoy consagramos perfuma la Iglesia, pero esa fragancia no puede quedarse aquí. Se nos entrega para ungir al mundo.
Somos enviados a las periferias de nuestra ciudad, a los barrios, a las familias, a los jóvenes, a los ancianos. A ungir con la misericordia de Dios a los pobres, a los migrantes, a quienes han perdido la esperanza.
Y también a ungir este mundo herido por la violencia, la polarización y la desconfianza. A ungirlo con olor de fraternidad, formando comunidades que desplieguen esta fragancia tan profética. Pero esto solo es creíble si lo hacemos juntos.
Cuando un presbiterio vive unido, la diócesis respira.
4. El “hoy” de Jesucristo se cumple entre nosotros
En Nazaret, Jesús dijo: “Hoy se cumple esta Escritura”. Y la Iglesia vive en ese “hoy” de gracia.
Se cumple cuando celebramos la Eucaristía.
Se cumple cuando perdonamos.
Se cumple cuando visitamos al enfermo.
Se cumple cuando sostenemos al hermano cansado.
Se cumple cuando pedimos ayuda sin vergüenza.
Se cumple cuando trabajamos por comunidades fraternas.
Que nuestra identidad pueda leerse en nuestra vida, en nuestras obras de misericordia. Que si alguien pregunta quiénes somos, pueda responder mirando nuestra vida: hombres que han pasado haciendo el bien, juntos, porque Dios estaba con ellos.
Pidamos, ayudémonos a tener un corazón misericordioso con los hermanos, fiel al Padre y fraterno en el presbiterio. Y que el Espíritu que nos ungió no permita que caminemos solos.
Queridos hermanos. Hoy se cumple esta Escritura gracias a cada uno de vosotros.